EL TRABAJO SOBRE UNO MISMO – CAPÍTULO 4 - AUDIOLIBRO DANTE
EL TRABAJO SOBRE UNO MISMO – CAPÍTULO 4
Antes del temporal existe un
momento que, desde la calma, se percibe el temporal sin que este se halla
todavía manifestado.
Desde la calma psíquica, desde la
meditación, son percibidos los temporales
por los que se han vivido.
El recuerdo de tanto sufrimiento,
de tantos esfuerzos, de esperar eventos muy importantes, de tantos negocios,
etc. Son percibidos desde la calma, como una gran tormenta que se avecina y que
ya fue vivida en otros tiempos.
Tantos sucesos agrupándose,
apiñándose en tan poco espacio de tiempo, agitan en demasía a la paciente
esencia.
Los pensamientos de todos los
seres conocidos son los vientos huracanados de la tormenta.
Los deseos de los seres conocidos
son la lluvia poderosa de la tormenta.
Las peleas, los enfados, se
convierten en rayos y relámpagos.
Las críticas y los juicios se
convierten en los truenos del temporal.
El pasado lucha por convertirse
en presente y escoge el camino del futuro para hacerse presente.
Desde la calma es vista la
tormenta, y no se puede hacer nada para evitarla… O quizás sí…
Para realizar el cambio radical
íntimo, el esoterista ha de reflexionar, meditar sobre la siguiente máxima:
cualquier manifestación que es observada cambia.
El poder de la observación
condiciona a la manifestación observada.
Si un agregado psíquico es
observado, éste disminuye en poder de manifestación o bien se oculta al poder
de la observación.
Si la tormenta psicológica es
observada, disminuye su poder o bien se disipa y la calma no es desplazada.
La observación cambia cualquier
manifestación, porque se adelanta al tiempo en el que la manifestación se
materializará.
Según la cantidad de comprensión
que se tenga de la observación será el cambio que tendrá la manifestación
observada.
El poder del sentido de la vista
es un poder de cambio.
Los cambios internos empiezan con
la facultad de la autobservación psicológica.
El poder de la observación eleva
los ojos físicos, hace que estos miren hacia el cielo, o mejor expresado, hace
que se levante la mirada.
El mundo, la tormenta simbólica
anteriormente mencionada, es el reflejo de algo anterior a la manifestación.
El mundo, la tormenta, es el
reflejo de la imagen.
La imagen se encuentra arriba, en
el cielo. El reflejo se encuentra abajo, en la tierra.
La observación no mira o se fija
en la tierra, sino en el cielo.
Con la observación no se puede
cambiar el reflejo.
El reflejo no puede ser cambiado,
pero sí que puede ser cambiada la imagen.
La imagen es cambiada por la
observación, según la cantidad de comprensión que ésta tenga.
La imagen se relaciona con la
línea vertical y el reflejo se relaciona con la línea horizontal.
Cuando se observa un suceso en el
que se han manifestado personas, cada una de ellas posee un nombre propio,
tiene una profesión, un estado civil, un nivel de estudios, etc.
Todo lo conocido sobre una
persona es su reflejo, pero no es su imagen.
El reflejo es la personalidad y
la imagen es la particularidad y la peculiaridad.
Observando el reflejo de un ser
humano, la personalidad, es muy difícil comunicarse con él para que comprenda
lo que pretendemos de él, y que este haga un cambio a la acción que iba a
realizar para que ésta satisfaga a nuestras necesidades.
Para comunicarse con un ser
humano se ha de observar su imagen y esta se encuentra en su vertical y, para
ello, se ha de mirar hacia arriba, hacia el lugar que los seres humanos pocas
veces observan.
Levantar la mirada al quererse
comunicar con un ser humano es demostrarle que se posee un concepto elevado de
él y un gran respeto por lo que es.
Cuando un ser humano necesita
realizar un cambio psíquico, ha de empezar por autoobservar su imagen y, más
tarde, observar su propia imagen como se corresponde con su propio reflejo.
El reflejo es lo que refleja de
sí mismo, de su propia imagen.
Llegados a este punto en el
camino, es sencillo comprender la capacidad que posee la esencia en dividirse
entre observador y observado.
La esencia observa la imagen y
reflexiona sobre el reflejo de su propia imagen.
El cambio psíquico se realiza a
través de la autoobservación de sí mismo, a través del Ser y mediante la
reflexión sobre el agregado psíquico.
El observador levanta la mirada
hacia el Ser y observa el reflejo del Ser en su propia existencia.
El Ser es la imagen, el árbol. El
reflejo es la sombra del árbol, el ego.
El Ser es la imagen y la esencia
ha de ser la semejanza a la imagen del Ser.
El ser humano ha de ser imagen y
semejanza al Ser.
El ser humano jamás será el Ser,
pero puede ser semejante a él.
La autobservación posee la
capacidad de efectuar cambios psíquicos muy necesarios para el desarrollo
armonioso de la esencia.
Cuando se observa quienes fuimos
y se reflexiona sobre en qué nos hemos convertido, se está realizando una
confrontación lógica, de la cuál, se extrae un resultado lógico: quienes somos.
En el ‘quiénes somos’ se
encuentra quiénes fuimos y en quiénes nos queremos convertir.
Santiago Barberán
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