La ley del Karma - Capítulo XII - Audiolibro Jano
Capítulo XII — La Ley del Karma
El significado del Karma
El Karma, en su raíz sánscrita, significa acción. En el mundo físico es movimiento y causa; en el mundo metafísico, retribución; y en el mundo ético, la ley de causa y efecto. Es la fuerza que equilibra el universo, el principio que une cada acto con su consecuencia.
Otras denominaciones del Karma
A lo largo de las tradiciones, el Karma ha recibido distintos nombres:
En la filosofía, se asocia con la recurrencia.
En la sabiduría griega, con Némesis.
En la tradición judeo-cristiana, con la Ley de Talión.
En la visión esotérica, con el destino.
En la gnóstica, con la vida horizontal.
En la profética, con la causalidad.
En la mística, con la providencia.
Y entre los magos, con el azar.
Cada denominación revela una faceta del mismo principio: la armonía entre acción y consecuencia.
La filosofía kármica
Solo existe una ley: haz lo que quieras, pero de todos tus actos deberás dar cuenta. Así lo enseñan los Thelemitas, y así lo confirman las palabras de San Pablo:
“Todo lo que el hombre sembrare, eso recogerá.” Los Purānas añaden que cada hombre recoge las consecuencias de sus propias obras. El Karma no es castigo ni recompensa: es aprendizaje, espejo y retorno.
Los tres Karmas
Existen tres formas de Karma que actúan en la existencia:
Parabdha: determina el nacimiento y se paga en esta vida.
Sanchita: permanece latente durante toda la existencia.
Sanchiyama: se crea en esta existencia y madura en una futura.
Cada uno es una corriente de energía que acompaña al alma en su viaje por el tiempo.
Máxima: El Karma se encuentra más allá de la muerte. Cada vez que retornamos, traemos nuestro Karma.
El nacimiento y el Karma
El Karma es el responsable del nacimiento del universo. Cada mundo tiene su propio Karma, y es esta ley la que impulsa el ciclo de la vida y la reencarnación. El Karma no castiga ni recompensa; simplemente ordena. Existe desde la eternidad, y la eternidad y el Karma son una misma cosa.
El Karma, la única ley universal
El Karma es la única ley que rige todos los planos de existencia. No hay excepción ni privilegio: todo acto genera una consecuencia. El destino es negociable, y al león de la ley se le combate con la balanza —con equilibrio, conciencia y acción justa.
Las reglas del juego
El Karma se transforma a través del servicio y la compasión. Por eso, las reglas son simples:
Si estás enfermo, ayuda a otros.
Si estás en paro, ayuda a otros.
Si no tienes dinero, ayuda a otros.
Escucha. Nunca debemos quejarnos de nuestro Karma, pues cada dificultad es una oportunidad de redención.
Los diversos tipos de Karma
El Karma se manifiesta en distintos niveles:
Individual, familiar, colectivo, nacional y mundial. También existen formas específicas:
Karma-Saya: es el karma específico de los seres humanos por unirse secualmente con otro ser humano.
Karma-Yoga: es la forma de tantra específica del ser humano para liberarse del Karma-Saya.
Karma-Duro: es el karma innegociable, pero, en ocasiones, un milagro lo puede solucionar.
Ley de la Katancia: es el Karma superior, este karma se relaciona con los dioses y, en ocasiones, con causas realizadas por el ser humano.
Cada tipo de Karma actúa como una corriente que guía la evolución del alma y del mundo.
El Dharma
El Dharma engloba varios conceptos hindús y representa la ética universal. Es lo que se debe hacer, la verdad eterna enseñada, el remedio para el sufrimiento. El Dharma se crea haciendo buenas obras, y su fruto es la armonía interior.
El Dharma Kaya y el Bodisita
El Dharma Kaya es el pago espiritual por obras espirituales; es el más elevado de los Dharmas. Cuando el Dharma Kaya despierta en nosotros, surge el Bodisita, la conciencia compasiva que une la sabiduría con el amor. Así, el Karma se transforma en Dharma, y la acción se convierte en liberación.
El Karma y el Dharma son las dos caras de una misma ley: acción y propósito, causa y sentido. El primero enseña a comprender; el segundo, a trascender. Ambos conducen al alma hacia la libertad interior y la unión con la eternidad.
Santiago Barberán
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