EL ALQUIMISTA MODERNO

 EL ALQUIMISTA MODERNO 

Explicar quiénes fueron los alquimistas no es tarea sencilla. 

La ciencia alquímica posee un origen incierto, y hasta la propia palabra alquimia conserva múltiples significados cuyo sentido aún se debate. 

Si tuviéramos que resumir su propósito en una sola frase, podríamos decir: “Transmutar el plomo en oro.”   

Sin embargo, esta expresión, aunque verdadera y profunda, resulta insuficiente cuando penetramos en los textos escritos por los propios alquimistas. 

Continuando con la explicación del arte alquímico, los alquimistas consideraban el plomo como el metal más antiguo del planeta Tierra y el oro como el más perfecto. 

Según ellos, los metales siguen un proceso evolutivo: todos parten del plomo, y su transformación progresiva da origen a los demás metales, siendo el oro el más elevado. 

Por ello, incluso hoy, los metales continúan “evolucionando” hacia su perfección dorada. 

Esta supuesta evolución de los metales también rige al ser humano, con una diferencia esencial: los metales evolucionan por fuerzas cósmicas y telúricas, mientras que el ser humano debe hacerlo por sí mismo. 

El alquimista es un actor, y cada actor tiene su escenario; el suyo es el laboratorium oratorium. 

Aunque este laboratorio fue en su origen un espacio físico, en alquimia todo posee un sentido simbólico y más de una interpretación. 

El laboratorium oratorium alquímico se transformó con el tiempo en el cuaternario inferior de la corriente teosófica, en el carro de Merkabah cabalístico y en otros espacios imaginarios que corresponden al ámbito psíquico del ser humano. 

De igual modo, los metales físicos se convierten en metales psíquicos: el hierro en fuerza, el cobre en amor, la plata en magia, y el plomo… ¿en qué se transforma? 

En todo aquello que el ser humano debe vencer, purificar y sublimar, hasta convertirlo en su contrario: el oro, símbolo de las virtudes, las facultades y los poderes internos. 

Para el alquimista moderno, el dolor y las crisis son su plomo, y debe recordar que sin plomo no hay oro. 

Por eso no huye de las pruebas que la vida le presenta, sino que las enfrenta con conciencia. 

El plomo es la materia prima: cualquier tipo de crisis. 

Si permitimos que una crisis se instale libremente en nuestro espacio psíquico, nos causará sufrimiento; pero si la “almacenamos” en un lugar seguro, podremos transformarla. 

Ese lugar es el Crisol. 

 

El Crisol es un recipiente capaz de resistir temperaturas extremas. 

Allí, la crisis —el plomo psíquico— puede ser transmutada y sublimada en oro. 

Para el alquimista moderno, el Crisol es la autoobservación. 

Cuando una crisis se refleja en la pantalla de la mente y es observada con atención y paciencia, poco a poco se disuelve, dejando tras de sí una pepita de oro: la comprensión. 

En ese instante, el arte alquímico ha comenzado. 

 

Las situaciones difíciles no son castigos, sino metales que debes transmutar en tu Crisol para convertirlos en oro. 

La vida fácil no forja grandes seres. 

¡Feliz transmutación! 

 

Santiago Barberán 

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